Hace 1 año
25/05/2013
Por qué?
Porque no. Porque no me ha salido hacerlo así aunque lo haya intentado alguna vez.
No he podido dibujar tu cuerpo en las palabras que conozco, mucho menos los sentimientos. Lo he intentado y cada vez ha sido un fracaso rotundo. Cuando quiero recortarte del tiempo y del espacio, dejarte en un rincón estático del lenguaje para poder revivirte luego, así tal cual nos dejamos hace tiempo, me parece una idea burda, banal, hasta difamatoria diría. Me parece una burla que encierra una contradicción intrínseca.
Porque no. Porque no he terminado de vivir aquellos días que, no solo están igual de frescos que en aquel entonces, sino que empapan y empantanan con la misma humedad intensa que siempre bien supieron conseguir. Y luego una calma extraña y familiar lo invade todo, la sensación de sociego, que no es más que el ojo de la tormenta que nos rodea.
No te busques más en mis papeles, por ahora no te vas a encontrar. En la memoria vívida, dinámica, incoherente y arrebatada de los días y los impulsos, ahí sigue viviendo. Es tiempo presente.
05/04/2013
Año nuevo
Que a ella no le importe no significa que yo deba sentir igual. He vuelto a escribir. Como antes, como siempre, por cualquier imagen, ante cualquier emoción. Bienvenido mi año nuevo, bienvenido mi regreso.
12/07/2012
Decisiones equivocadas
Las decisiones equivocadas nunca son las que una espera tomar. Tienen la suerte (buena o mala no se sabe) de existir siendo no queridas, más bien odiadas y generadoras de frustración y angustia.
Las decisiones equivocadas son un hecho cotidiano con el que, de mejor o peor manera (según el ojo que observe), buscamos aprender a lidiar.
A veces, resulta que las decisiones (las equivocadas y las otras) tienen consecuencias que, a su vez, tienen consecuencias que generan efectos materiales en las vidas de las personas que toman las decisiones y también en las de quienes las rodean. Ahí, la joda es que ya no hay retorno y aparece el clásico "hacerse cargo", consigna ético-moralista bajo la que hemos sido criados quienes crecimos bajo el yugo de la cultura judeocristiana (la culpa no perdona).
Y así, la que en un principio era una de varias opciones... aquella por la que una creía solo correr un leve riesgo, de pronto se ve transformada en una bola que crece mientras rueda pisándonos los talones a una velocidad variable pero que, por lo general, no nos deja tiempo más que para dar uno que otro tropezoncito a paso ligero.
Yo? Soy torpe, tropiezo fácil y me equivoco. Aquí me encuentro, en plena búsqueda de aprendizaje, a la sombra de la bola gigante.
Las decisiones equivocadas son un hecho cotidiano con el que, de mejor o peor manera (según el ojo que observe), buscamos aprender a lidiar.
A veces, resulta que las decisiones (las equivocadas y las otras) tienen consecuencias que, a su vez, tienen consecuencias que generan efectos materiales en las vidas de las personas que toman las decisiones y también en las de quienes las rodean. Ahí, la joda es que ya no hay retorno y aparece el clásico "hacerse cargo", consigna ético-moralista bajo la que hemos sido criados quienes crecimos bajo el yugo de la cultura judeocristiana (la culpa no perdona).
Y así, la que en un principio era una de varias opciones... aquella por la que una creía solo correr un leve riesgo, de pronto se ve transformada en una bola que crece mientras rueda pisándonos los talones a una velocidad variable pero que, por lo general, no nos deja tiempo más que para dar uno que otro tropezoncito a paso ligero.
Yo? Soy torpe, tropiezo fácil y me equivoco. Aquí me encuentro, en plena búsqueda de aprendizaje, a la sombra de la bola gigante.
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22/02/2012
Silencio
Por un tiempo las imágenes van a quedar de lado. Es que me está costando encontrarme representada en ellas, me estás costando encontrarlas y ha resultado ser que, en esta vuelta, ante la duda prefiero el vacío.
No es un silencio, aunque seguramente habrá quienes así lo consideren. Incluso quizás, si fuera un silencio sería lo más saludable para mí en este momento. Silencio. Afuera las voces que no dejan de cacarear, que rechinan los dientes en cada bocado, que no se bastan con sus sonidos guturales (ruido) y los acompañan con música y tv, todo el pack. Silencio. Afuera los motores que arrancan en el estacionamiento, que espero que no se transforme en edificio, que dejen de tirarle sus árboles. El portón que se abre, el portón que se cierra, el aceite que le falta a sus bisagras para dejar de despertarme cada vez. Y esas voces chillones que no se callan. Qué les pasa?
Silencio.
Sin embargo las imágenes que puse nunca me han hecho esos ruidos. Me han incomodado, me han hecho reír otras, me han identificado. Pero nunca de esos ruidos. Encontrar la sintonía de la imagen y la palabra era mi punto de equilibrio. Un equilibrio que ha perdido su balance, que necesita de silencio, pero que apuesta a dejarse estar el tiempo que tenga que ser. Que la falta de imágenes no alerte más de la cuenta. La falta de imágenes, la ausencia fotográfica, no traerá el silencio que imagino, el silencio aquel que espero. La falta de imágenes tan solo será la evidencia de que algo está intentando cambiar para recuperar el equilibrio anteriormente instaurado. Identificar el punto en el que me conmovido.
Dicen que los cambios tardan en hacer sentir su efecto, los días pasan como gotas de lluvia que se amuchan antes de caer y luego se van en la velocidad de la caída hasta llegar al suelo (y las voces no me dejan escucharme, no puedo concluir una idea, una imagen, una metáfora. Silencio!). Y las imágenes no llegan y las palabras no se escriben, y ya hasta cuesta acostarse en un diván para hablar de una misma.
Dicen por ahí que he sido puesta a prueba, antes me dijeron que iba a quedarme fuera de juego por no saber pedir. Yo me siento objeto de una apuesta que de a ratos me parece de mí contra mí. Pero sigo, de eso se trata. Y capaz que no vuelva a encontrar las imágenes, o que el balance aquel no vuelva a ser el mismo. Quizás no sea el silencio lo que busco ni lo que me atemoriza.
Quizás solo se trata de seguir y aprender a estar con lo que hay como se pueda.
No es un silencio, aunque seguramente habrá quienes así lo consideren. Incluso quizás, si fuera un silencio sería lo más saludable para mí en este momento. Silencio. Afuera las voces que no dejan de cacarear, que rechinan los dientes en cada bocado, que no se bastan con sus sonidos guturales (ruido) y los acompañan con música y tv, todo el pack. Silencio. Afuera los motores que arrancan en el estacionamiento, que espero que no se transforme en edificio, que dejen de tirarle sus árboles. El portón que se abre, el portón que se cierra, el aceite que le falta a sus bisagras para dejar de despertarme cada vez. Y esas voces chillones que no se callan. Qué les pasa?
Silencio.
Sin embargo las imágenes que puse nunca me han hecho esos ruidos. Me han incomodado, me han hecho reír otras, me han identificado. Pero nunca de esos ruidos. Encontrar la sintonía de la imagen y la palabra era mi punto de equilibrio. Un equilibrio que ha perdido su balance, que necesita de silencio, pero que apuesta a dejarse estar el tiempo que tenga que ser. Que la falta de imágenes no alerte más de la cuenta. La falta de imágenes, la ausencia fotográfica, no traerá el silencio que imagino, el silencio aquel que espero. La falta de imágenes tan solo será la evidencia de que algo está intentando cambiar para recuperar el equilibrio anteriormente instaurado. Identificar el punto en el que me conmovido.
Dicen que los cambios tardan en hacer sentir su efecto, los días pasan como gotas de lluvia que se amuchan antes de caer y luego se van en la velocidad de la caída hasta llegar al suelo (y las voces no me dejan escucharme, no puedo concluir una idea, una imagen, una metáfora. Silencio!). Y las imágenes no llegan y las palabras no se escriben, y ya hasta cuesta acostarse en un diván para hablar de una misma.
Dicen por ahí que he sido puesta a prueba, antes me dijeron que iba a quedarme fuera de juego por no saber pedir. Yo me siento objeto de una apuesta que de a ratos me parece de mí contra mí. Pero sigo, de eso se trata. Y capaz que no vuelva a encontrar las imágenes, o que el balance aquel no vuelva a ser el mismo. Quizás no sea el silencio lo que busco ni lo que me atemoriza.
Quizás solo se trata de seguir y aprender a estar con lo que hay como se pueda.
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14/02/2012
Tabula rasa
Cuesta sentarse frente a una hoja en blanco que se sabe que hace tiempo ya debiera estar escrita. Cuesta enfrentarse al abismo de la blanquitud, al no-contenido de ese vacío que solo de mí depende llenar.
Cuesta hacerme entrar las ideas, y mucho más cuesta que vuelvan a salir, las reformulaciones, el proceso. Dar cuenta de aquello que pasa dentro. Cuando se pierde el rumbo sin más
Y me enfrento a la hoja en blanco y la amenazo, todos los días a partir de hoy va a ser escrita, quizás sean solo unas frases sin sentido por día, pero no va a pasar más tiempo de silencio. Ella se ríe burlona, sabe que mis amenazas no sirven de nada o, mejor, que no es a ella a quien se dirigen. Son amenazas proyectivas, porque van de mí hacia mí, aunque las deposite en todos aquellos objetos que me rodean. Hoy: la hoja, que se resiste testarudamente a dejarse a escribir cada día, como yo me lo propusiera. Hoy: yo, que no puedo escribir cada día, como me lo propusiera.
Pasan las semanas y pasan las lecturas, se pierde el sentido de la voluntad inicial, caduca la sensación de progreso. Se pierde en el espacio aquel pensamiento que sí llegó a quedar plasmado aquella vez que me propuse iniciar. Porque yo pensaba que la clave de todo estaba en el comienzo, que una vez que escribiera la primera palabra, que cuando se acabaran las presiones externas, que cuando no tuviera fechas ni plazos... y he dado muestras de lo contrario. No respondo ni a la disciplina externa, ni a la interna. Es la desazón de la quietud.
Cuesta hacerme entrar las ideas, y mucho más cuesta que vuelvan a salir, las reformulaciones, el proceso. Dar cuenta de aquello que pasa dentro. Cuando se pierde el rumbo sin más
Y me enfrento a la hoja en blanco y la amenazo, todos los días a partir de hoy va a ser escrita, quizás sean solo unas frases sin sentido por día, pero no va a pasar más tiempo de silencio. Ella se ríe burlona, sabe que mis amenazas no sirven de nada o, mejor, que no es a ella a quien se dirigen. Son amenazas proyectivas, porque van de mí hacia mí, aunque las deposite en todos aquellos objetos que me rodean. Hoy: la hoja, que se resiste testarudamente a dejarse a escribir cada día, como yo me lo propusiera. Hoy: yo, que no puedo escribir cada día, como me lo propusiera.
Pasan las semanas y pasan las lecturas, se pierde el sentido de la voluntad inicial, caduca la sensación de progreso. Se pierde en el espacio aquel pensamiento que sí llegó a quedar plasmado aquella vez que me propuse iniciar. Porque yo pensaba que la clave de todo estaba en el comienzo, que una vez que escribiera la primera palabra, que cuando se acabaran las presiones externas, que cuando no tuviera fechas ni plazos... y he dado muestras de lo contrario. No respondo ni a la disciplina externa, ni a la interna. Es la desazón de la quietud.
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19/10/2011
Los muebles
Me siento en un espacio en blanco, en un cubo, no, un
rectángulo vacío y desde ahí escribo. Desde el cubo-rectángulo de paredes
blancas, como una caja de zapatos, que
me contiene. El cubo es mío, es mi casa, y se llena. Se nota que soy nueva en
esto, porque mayormente las paredes están llenas de proyectos, por ahora los
estantes son pocos, y está mi cuadro de Frankfurt. No sé qué pasaría si llego
Frankfurt y no es como en mi cuadro.
Me traje el aparador, antes era mi mesa de luz, sostén de
cremas, guarda de la ropa interior. Ahora es un mueble de cocina que se llenó
con los platos que eran de mi abuela y los vasos que conseguí en oferta en un
hipermercado. Me gustan mucho mis vasos, “ideales para el fernet” dijo mi papá
cuando los vio, yo había pensado lo mismo cuando los elegí. Los platos me hacen
acordar a la sopa de arroz con caldo de gallina de mi abuela, a mí me sale
mejor el de verduras.
El escritorio vino después, y lo llené de fotos y postales. “No
nos dejes caer en la tentación de no luchar por nuestros derechos”, las
acuarelas de Pedro, mis imágenes de viajes, los amigos y la familia bajo el
vidrio. Parecería una oficina si no fuera por las imágenes que dan color.
Arriba el set de audio, cuando dejé de comprar tecnología y empecé a comprar
utensilios de cocina me di cuenta de que mi adolescencia había terminado. Fue
hace pocos meses. Los viajes de mis amigos caben en una repisa, son sus
regalos, y los míos también.
Dólar y Alegría son el verde, ya no están mis cactus. Qué
habrá sido de los cactus, quizás debería traerlos.
Hay una mesa de pino que es enorme. Mi mamá me ayudó a
traerla y Guillo terminó de subirla. Qué fuerza que tiene Guillo. Ahora veo la
mesa desde el escritorio, parece tan fuerte y grande, está esperando los
encuentros, los porrones, las meriendas y las pizzas. Las sillas son hermosas,
estoy totalmente enamorada mi mesa y sus sillas.
Ella está empezando a entrar, también. Sus regalos preliminares
se hicieron sentir más fuerte el día en que trajo las sábanas, y ya no se
volvió a ir. La ropa sí, iba y venía. Conseguimos la valija para que se quede
un tiempo largo, “provisoriamente”. Las paredes blancas son grandes y caben sus
proyectos, y los nuestros, las ollas y las asaderas.
Me mudé, nos estamos mudando.
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09/09/2011
Con la leche en el ojo
Don't stop me now
-en la semana de Freddie-
Me sacaron el caramelo de un empujón justo en el momento en que empezaba a saborearlo. No fue divertido, no podría haberlo sido, y menos cuando era el caramelo más codiciado del momento, el último de la bolsa, y que (además) no era de envoltorio naranja sino del verdecito que me gusta. Ni siquiera le vi la cara al agresor, pero el golpe vino a través del teléfono y fue certero.
Mi celular indicó que "Sanlorenzo" me llamaba y sonreí. Era mi línea directa con el cielo. Pero es tan fácil invertir términos en estos días, que la voz tensionada del otro lado reveló en un par de palabras que para mí aún eran tiempos de terrenalidad, tiempos de continuar con mi búsqueda ansiosa. De cualquier manera, la casa era hermosa, y cada vez que la recuerdo me parece un poco más linda que antes. Las habitaciones, la sala, el patio, la cocina.... cuánto espacio para mí, poco queda en mi memoria de la humedad de las paredes, las puertas de 60 cms y la falta de iluminación... detalles menores y perfectamente solubles. Yo quería esa casa.
La ilusión duró aproximadamente 20 horas. El tiempo entre que di mi "Sí" definitivo y ellos su "No va a poder ser". Todas mis casas posibles se hicieron en mi cabeza. Los muebles fueron apareciendo, la distribución del espacio, el diseño de la habitación de visitas o un cuarto de estudio, ofertas de heladeras y sommiers en vista. Hasta la lista del súper estaba hecha a la espera de que alguien la dejara con un imán en su heladera. Y bueno, yo seguí acumulando objetos, después de todo parece que es lo que mejor me sale. Y me puse bruta e impulsiva, que es lo que pasa cuando la ansiedad se acumula y está a punto de estallar. Para mi suerte, en lugar de disparar para cualquier lado, esta vuelta me contuve y logré un uso provechoso de la energía: tenemos cama nueva, aunque guardada en algún depósito a la espera de encontrar un techo que nos resguarde.
La búsqueda continúa. La energía no se pierde, se recicla y se renueva.
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09/08/2011
Cosas que se van (versión 1)
Para no olvidar
Hace uno o dos fines de semana decidí empezar a mudarme, me encontré grande para este espacio. Aunque siga sintiéndolo muy mío, me siento ajena a él. Me voy a ir.
Decidí que un buen primer paso, mientras voy consiguiendo con quién y a dónde, era limpiar. Y se fueron muchas cosas, fueron 3 días de duro trabajo emocional, fue un repaso obligado por los últimos diez años de mi vida, y un poco más atrás quizás también. Digo que fue emocional el trabajo porque, más allá de atravesar los días, las cosas y los sentimientos, tengo una tendencia compulsiva a coleccionar objetos y dotarlos de un valor sentimental que va mucho más allá del fin primero para el que fueron creados. En fin, que las cosas que estaban guardadas estaban guardadas por algo, y ahora ya no están.
Muchas cosas se fueron fácil, porque ya ni me acuerdo por qué las había guardado. Otras merecieron mi contemplación nostálgica de minutos largos, y repasos y repasos. Se fueron 7 bolsas tamaño consorcio, jamás pensé que mis placares tuviesen espacio para tanto. Sobrevivieron el libro que me escribió Angelita cuando nos mudamos a España, también la carpeta con cartas que me preparó Mailín, las postales de Tucumán que me mandó Ana cuando vivíamos por allá, la tarjeta de cumpleaños en euskera que alguna vez me mandó mi tía desde su tierra nueva y lejana, las acuarelas de Pedro, una carta que me escribí alguna vez que ni recuerdo, y espera ser abierta en mi próximo cumpleaños, algunas fotos, los regalos más nuevos (de los últimos dos años) están casi todos. Las cartillas de museos, mapas, postales de lugares, revistas, calendarios, agendas y todo aquello que contuviera imágenes ha sido recortado por mi tijera, lo rescatado pasó a mi cajita verde, donde guardo los motivos que después se convierten en las cajas-collage que suelo regalar.
Mi pasado negoció con mi presente. Resolvieron que un buen trato sería hacer un listado de aquellas cosas que se fueran de las que más me costara desprenderme. Ese listado reposaría en un documento word, a la espera de que por cada objeto se escribiera una historia, una anécdota: se reviviera un pedazo de ese pasado que hasta ayer ocupaba un lugar en mi placard. Lo curioso fue que el dichoso documento tuvo un devenir inesperado, quizás no casual: el sistema operativo se cerró inesperadamente un par de pares de veces, las recuperaciones de documento se ve que no fueron suficientes y mi memoria se niega a repasar el contenido de esas bolsas negras que hace días dejaron el hogar. Sobrevivió lo siguiente en la lista:
- Entradas para New Order, Black Eyed Peas, Brahma Rock Festival (aquel glorioso 2003), Charly García, Fito Páez, Cadena Perpetua, Divididos, Los Piojos, Gran Valor Reggae, Loquero, Nerd Kids, Tiempo Suspendido, Adán Cabrón (Error primitivo).
- El suplemento del ShowTime ACB de Málaga, la credencial de la Davis, algunas entradas viejas del Unicaja, una de un Argentina - Cuba de voley.
- Los papeles de presentación de Diego "el siberiano", de San Nicolás, y de Joseba, de Donostia.
- Mis tarjetas del bus malagueño, la de estudiante, la de la seguridad social, mi dni caduco también.
- La piedra de las playas de Maro (Granada), la que me quedó del día que fuimos con el colegio a limpiar la costa y encontramos restos de ropa de gente llegada en pateras y una pareja hippie italiana que viajaba por el mundo, y todo era medio novedoso. El agua era muy transparente, el contraste de la ropa era una señal de alerta, allá por 2004.
- La sal de las Salinas Grandes (Jujuy) del viaje con Mailín en 2007.
- Mi correspondencia con Charly, Juan Martín, Sebastián e Israel, de la era pre-face.
- Fotos
- Los regalos de lxs exs.
- Algunas tarjetas viejas, ahora sé que desde peque ya era la Páter.
La limpieza todavía no ha terminado, las historias aún no se han escrito. El tiempo les dará su lugar (o yo). Entre tanto, busco vivienda.
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al límite de lo real,
me invento
12/06/2011
Sobre las experiencias humanas
Esta semana me ha apretado fulero. Me cansé de levantarme temprano, cargar mochila, salir al mundo y volver a medianoche (o más tarde), me cansé de llevar un vida de hostal en mi casa: baño compartido, desayuno incluido. Me encontré una cana y ganas varias de armar un espacio nuevo, mío. Después, necesité un fin de semana de sueño prolongado y verde en abundancia para sentirme bien. Ya no tengo 20 años.
En el medio, pasó la vida cotidiana, aquella que solía llamar rutina. Me he dado cuenta de que la mía no existe, no dura más de una semana. Este año no puedo conservar un modo de hacer las cosas porque mis experiencias mutan en cuestión de minutos, vienen unas y se van otras medio descontroladamente y yo siento moverse mi eje de un lado a otro con alto riesgo de sismos, aunque sin mayores preocupaciones.
Es que respiro un aire que me gusta, y lo voy compartiendo, y el sol me acompaña, y de a ratos me inunda ese sentimiento de plenitud que me lleva a sonreír de la nada, mientras algunas lágrimas se acumulan ansiosas y ruedan en los toboganes que son mis mejillas. Creo en la felicidad, en esa. Así de llena de ganas que pelean por salirse de mi cuerpo, que las lleve el aire y se contagien.
Aprendo de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera. Veo y escucho, todo un ejercicio. Hablo, aunque a veces trato de callarme. Hago, hacemos y hasta se me cuelan los miedos de a rato. Esos miedos míos que por momentos parece que van a ser mis peores enemigos y me van a dejar arrinconada en algún angulito, y otras se mandan a guardar solitos porque ven que no hay quorum para su entrada a escena.
Mañana es lunes en la ciudad, pero no viene acompañado del "otra vez" desgastante de esas rutinas que asustan. Mañana es otro lunes de agenda que puja por marcar un orden, pero que se sabe abierto a la incertidumbre que me gobierna. Respiro, sonrío y me voy a seguir disfrutando de este sol de invierno anima-mediodías.
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