05/09/2010

¿Dónde está el deseo?


Asfixia.
Es la sensación que conozco cada noche, como si fuera la primera vez, cuando me acuesto y mi pecho se cierra, busco la manera de hiperventilarme y siento más tierra que aire circulando en mi sistema respiratorio. Parte de la estación.

Raíz.
Es mi ancla, que sabe asirse al suelo que toca cuando le gusta, pero también tirar con insistencia hacia arriba cuando el aire se escapa, hasta que se leva o los bronquios se dilatan.

Voluntad.
Mi fuente de energía primaria, cuando escasea aprendo sobre la respiración anaeróbica y duermo... y duermo. Se dice autosuficiente, pero un análisis más minucioso muestra que se nutre de los afectos del entorno, de la luz del sol, de las satisfacciones del pasado-presente y de las expectativas futuras.

Sentidos.
Vías de percepción y transmisión de impulsos nerviosos que a veces generan placer, y otras no. Mis preferidos, el tacto y la vista. Ojo! Las imágenes táctiles y visuales pueden ser portales de acceso a oasis de oxígeno que, muchas veces, no son más que espejismos.

Deseo.
Ahí voy yo, cuestarriba-cuestabajo. A veces parece que cambio de rumbo como veleta, que me aburre la vida de meseta y necesito correr al borde del abismo. Levar anclas, hacerme eco de la voluntad que reclama dejar los espasmos para otro momento y salir en busca del oxígeno. Ahí va el deseo, furioso, impertinente, sagaz, más por la sombra que por la luz, copando un espacio y vaciando otro, doliendo en angustias pequeñitas, casi imperceptibles por lo salteadas. El deseo se constata en la falta, y la voluntad persiste.

26/08/2010

A mí no me gusta la poesía


En un arrojo de confianza con mi público lector, voy a contar un secreto de esos inconfesables: a mí no me gusta hablar de literatura. 

Es una moda que se instaló en mi vida en el momento en el me sentí dentro de la marimba de la carrera de la que todavía no me puedo desprender, Letras. Quizás forme parte del complejo de salmón que me diagnosticaron hace años, pero no, no lo soporto, y a veces me causa reacciones alérgicas. 

Lo detesto y, además, no sé prácticamente nada del tema. Me olvido, es un mecanismo de defensa automático. Vuelvo a casa y la biblioteca está plagada de libros que leí o quiero leer, y cuando se produce el acto juro que lo disfruto, que me genera placer, y hasta sensaciones orgásmicas podría decirse de algunos casos. Pero no, no me entusiasma hablar de literatura. Soy una persona bastante egoísta con ciertos placeres personales. 

Me gustan los testimonios, me gustas las vueltas antropológicas, las miradas sociológicas, los giros con uso social de base literaria. De eso puedo escribir, de eso puedo charlar, me emociono, me apasiono y lo comparto. En eso me vuelco, ya no es hablar de literatura para mí. 

No me pregunten por las últimas tendencias, no me pidan recomendaciones... nunca le pego. Soy una pésima celestina del arte de las letras, un fracaso total. 

No se espere eso de mí, a nadie le gusta decir que no, y a veces cansa exhibir la propia ignorancia. Letras es más que los cuentos de Cortázar y Borges, que la novela policial y el último Nobel. Letras también tiene otras escrituras, otras voces y muchas objeciones. Además, y por último, no me gusta, y punto. 

20/08/2010

Mad world


Los acordes se repiten. Es la tercera vez que pongo play al reproductor. Empiezo a creer que este es un acto de martirio e insanía totalmente innecesario.

A veces las canciones se pegan a momentos concretos, y cuando las escuchamos pasa que no las escuchamos, volvemos a vivir esos momentos de alegría o de tristeza e, irremediablemente, entramos en sintonía con la melancolía. Este no es el caso, pero otras veces me ha pasado. Voy a poner play de nuevo.

Ahí va. El valor de esas frases universales, tan amplio el espectro de sentidos que abarcan, que una (yo) termina (termino) apropiándose (apropiándome) de ellas para aplicarlas a situaciones, a sentires únicos e irrepetibles. Ahí va la receta del éxito del hit, ahí van mis emociones desgarrándose entre paradojas. 

Hablo de mí entre paréntesis, justo cuando vuelve a llegar el final del tema que, si escucho una vez más, quizás estalle en lágrimas. Hago la prueba. No lloro. Sigo. The dreams in which I'm dying are the best I've ever had ("Los sueños en los que estoy muriendo son los mejores que alguna vez he tenido", según mi traducción) Qué frase más preciosamente trágica, el valor sensual de la paradoja que se presenta, en esta caso, como una verdad tan naturalmente aceptable porque... a quién no le ha pasado alguna vez? 

Cada párrafo empieza a tono, luego, en sus palabras, viajo tiempo atrás hasta que me fui. Escribo para sujetarme al presente que tengo y me gusta tener. A veces pienso que me voy a perder entre laberintos de palabras, imágenes y recuerdos, y me asusto cuando los límites entre una y otra esfera, entre uno y otro tiempo, se vuelven difusos. Me cuesta recordar que lo cierto es que nunca existió la claridad, salvo cuando quisimos ponerla ahí, como categoría operativa para movernos por la realidad más fácilmente. 

When people run in circles it's a very very mad world ("Cuando la gente corre en círculos es un mundo muy muy loco", otra vez yo). La canción que me encierra, me ofrece una salida. Existe la posibilidad de bajar la velocidad y, sobre todo, de echar andar por nuevas sendas. Nuevos caminos, basta ya de seguir mi propia huella. Stop.

Aquí, la banda de sonido que me acompaña: http://www.youtube.com/watch?v=W2SY9_rlGX4

30/07/2010

Burbujas


Me invitaron y fui. Era un día de sol que estaba bonito para caminar, pero llegué en auto porque el destino final era lejos. Apenas entré me sentí como en el extranjero y empecé a recuperar recuerdos de geografías lejanas que nada tenían que ver con lo que quedaba de la cerca para afuera.

Adentro tuve un rapto de iluminación y entendí, creo que por primera vez, la noción de inseguridad tal como suele usarse en estos días. Éramos ajenas, en la garita de entrada nos indicaron el camino a seguir sobre un mapa. Yo fui mirando por la ventana como criatura que empieza a descubrir el mundo: casas sin portones, ventanas sin rejas, bicicletas en los jardines, el paisaje golfista en los alrededores y el camino que se hacía más largo gracias a los muchos reductores de velocidad dispuestos en su recorrido.

No voy a negar las contradicciones: a mi me encantaría vivir en un espacio sin límites demarcados, poder disfrutar de un paisaje sin tener que mirarlo entre hierros y poder dejar por ahí mis cosas sin tener que preocuparme por hallarlas o no en lo sucesivo. Pero, en realidad y por sobre todo, pasearme por ese espacio me asfixió, igual que me asfixiaban los zoológicos cuando era chica.

Este lugar se transformó, a mis ojos, en la (re)creación de un espacio idealizado que no sé si alguna vez habrá existido por estos lados pero que, en concreto, hoy no es posible. Sucede que a los pequeños criados en esas jaulas tan gigantes y bien acondicionadas puede ocurrirles lo mismo que a cualquier animalito criado en cautiverio: a la hora de ingresar en su hábitat natural se encuentran indefensos, sienten miedo, se estresan, tienen más enfermedades cardiovasculares y exageran, fomentan y reproducen sensaciones como la de la famosa inseguridad que, a estas alturas, se ha transformado en el villano más famoso de nuestro western local... así, con toda la impersonalidad, simplicidad y aparente ingenuidad que carga la expresión.

Me enojé ahí dentro porque esta gente, además de hacerle mal al prójimo externo haciéndole sentir que no puede acceder a su paraíso privado, se hace un mal a sí misma al imitar las condiciones de un mundo artificial que Menem se encargó de hacernos desear y, también, de quitarnos de las manos.

Volví caminando a la tardecita, cuando el sol bajaba. Respiré más tranquila en mi jungla. Recordé, entonces, a mis garritas tan limadas por el desuso, a las que solo muestro en tiempo de necesidad. No hay caso, la burbuja se resquebraja cuando la realidad golpea y abraza.

22/07/2010

Un lugar llamado Lituania

Mi viaje a la semilla es largo. A la meta final se puede llegar por diferentes caminos que, encima, son todos sinuosos. Mis respuestas a las preguntas sobre mi pasado dependen, sobre todo, del momento del presente en el que me son hechas, y esto excede el hecho lógico y coherente de que a los 24 he sumado 10 años de historias que no podría haber contado a los 14, porque puedo asegurarles que mi imaginación y detallismo eran mucho más poderosos por aquellas épocas.

Sabemos, entonces, que, cuando hablo de la yo que fui, me reinvento y dejo una cota grande a la creatividad para que me haga ser quien soy por mí. Por ejemplo, cuando tenía 13 años vivía, para muchos de "los demás", en una familia perfectamente disfuncional: tenía un hermano compositor y otro ingeniero que se habían ido cuando yo era muy muy chica y no venían casi nunca, ni siquiera eran hijos de mi papá y no sabían de la existencia de mis hermanas que, aunque vivían con él, tampoco eran hijas de mi padre... Alguna vez le dije a alguien que él y mi madre habían bajado de un barco en el puerto de Buenos Aires conmigo, pequeña tanita recién venida al mundo, bajo un ala y un diccionario para entender español bajo la otra. Esta anécdota falsa presentaba dos puntos flacos que la hacían fácilmente desarticulable: por un lado estaba el error histórico de aproximadamente un siglo para que encajara con las historias de inmigrantes que se ve que en algún momento me hubiera gustado vivir, y por el otro, en mi ingenuidad púber, ignoraba que Tucumán es así de chiquito y resulta ser que, por consenso popular, todo el mundo conoce a todo el mundo. 

Como a los 15 o 16 tomé conciencia de que mi mundo tal cual era (o tal cual yo lo vivía, para ser más precisa) era narrativamente interesante, sólo había que arreglar el punto de vista de la narradora y focalizar en uno u otro aspecto según la audiencia de turno. Bastante rápido fue el paso en el que cambié las mentiras por los juegos de palabras y las risas. Con los años, comencé a preparar mi primer atado de ficciones autobiográficas de fuente histórica (o histérica, dependiendo de cómo se quiera juzgar) y los artificios imaginarios los reservé para mis espacios paralelos que nunca quise dejar desaparecer porque aún hoy son una fuente importante de energía y riqueza para mí. 

A los 24 me pienso a los 0 y... no me acuerdo. Apenas si guardo uno que otro lugar perdido para mis 2 años, palabras sueltas e imágenes familiares un tanto desorbitadas. Ya no recuerdo la primera vez que me trataron de mentirosa, pero de tanto habérmela acordado y repetido durante años, todavía puedo contarla como si sintiera viva la historia: no fue fácil tener 3 años, padre y madre homónimos y de idéntica profesión, y llegar a una guardería en la que la diversidad de nombres y oficios copara lugar, todo un cambio para mis estructuras mentales. 

No hay una genealogía válida tampoco, no podría ser escrita porque hace rato hicieron cortocircuito los cables y se cruzaron los deseos con las realidades, las búsquedas y los encuentros, el azar y la razón, los tiempos y los destiempos. Mi viaje a Lituania aún me lo debo, y como me he sabido tan cerca y tan lejos, por indecisión, es posible que mis ganas de llegar nunca dejen de ser. Lituania está ahí para mí como no lo está para nadie, es esa idea-refugio que alguna vez me inventé para proteger y resguardar mis ideales, mis ideotas, mis ganas, mis rencores, mis odios, mis amores imposibles, mis deseos por alcanzar, mi incomprensión, mi querer entender y todo aquello de lo que a diario preciso pero que no se tiene que acabar nunca jamás. 

Dejo este texto abierto porque no encuentro forma de darle un cierre, porque aunque quisiera aún no ha sido escrito, ni vivido, ni imaginado. He perdido el hilo y lo he reencontrado a lo largo de los párrafos y de las horas del día en las que esta ventana estuvo abierta, y quizás retome esta idea, entre otras, más adelante.

28/06/2010

Pasen y vean(me)


Hace unas semanas, debajo de esta imagen, yo empezaba a contar una historia acerca de cómo una tarde perdida de invierno quise poseerlo absolutamente todo, sin importarme la irrealidad de mi deseo. Era una sensación bastante ambiciosa. Supongo que, si fuera planeta, ese habría sido el día en que entrara en alineación con todos los demás elementos del universo.

La realidad de los días me distanció de la imagen, del sentimiento y del escrito. La totalidad se calmó en mí y se fue. Fue ese anhelo que me invade en los momentos en que reactualizo mis emociones panteístas y me encuentro en parte y comunión conmigo y con el medio. Las nubes se me revelaron fraternales y en un guiño de complicidad me invitaron a seguirlas por el celeste que brillaba como si estuviese amaneciendo.

Oficialmente, hace unas semanas, yo volví a ser yo en mí y en los demás. Parte en relación. Equilibrio desde mí y para mí, por y para los otros. Es un buen momento, el cielo me sonríe y la gente en las veredas también (aunque no sepan muy bien por qué), hasta la luna se puso las pilas y me regala arco iris nocturnos en su aura, que solamente yo puedo mirar.

Pasen y véanme.

11/06/2010

Elige tu propia aventura



Y así fue como empezamos a recuperar la eternidad que habíamos pasado juntos sin conocernos. 

Es solo cuestión de química. Y eso se sabe en un cruce de palabras, o de miradas. Y pasó que nos cruzamos por primera vez en una esquina, nos reconocimos y echamos a andar. El mundo se hizo chico cuando lo recorrimos a lomo de patineta, una y otra vez, en una tarde, en una plaza, en un barrio cualquiera. 

Usar esas palabras, que son claves que despiertan cadenas de imágenes, recuerdos, sonidos y sensaciones en general, que van a cruzarse con las del otro, que está ahí en frente usando la palabra que es clave. Y el sentido es el que una quiere que sea, y el otro consensúa en un gesto, y al revés vuelve a empezar. 

La ilusión de la totalidad, por muy efímera que sea, es incomparable. El sentimiento de encontrar en un primer zarpazo a ese alguien que es como una, que nos identifica, que nos entiende. Sucede que a veces las explicaciones están demás porque la identidad es tal que las experiencias parecen las mismas... o taaan parecidas.

Y si vos estuviste ahí y me viste tal como yo quise que me veas? Y si vos sentiste eso que yo también y con la misma intensidad? 
Y luego, narciso: "quizás un día llegue en que la ilusión no se desvanezca". 
Y luego, las voces: "quizás un día llegue en que la ilusión se resquebraje y se produzca el encuentro".

Elige tu propia aventura.

03/06/2010

Para empezar a despedirnos mutuamente

Episodios de ayer, de hoy y de siempre, síndrome de la ansiedad hipercompulsiva, manifestación palpable: la nostalgia anticipada.

Te acordás de que el otro día te conté, muy preocupada, que había estado pensando en el momento, ese que todavía no vislumbramos, en el que vos y yo ya no nos miremos como nos vemos hoy y nuestros abrazos no sepan igual? Me odio por eso.

Julio va a ser duro. Asistiré puntual a las despedidas. Prometo intentar no esperar regresos. Cuando vea la luna, me voy a acordar del sol que los ilumina, me voy a sentir muy cursi y voy a pensar en las lecturas, las meriendas y las caminatas. Hoy colonizo el futuro para evitar que ataque el presente (el valor ridículo de la certidumbre).

Mientras tanto pasa junio, que no acaba de empezar y yo ya lo doy por terminado. No hay caso, yo sigo siendo yo.

29/05/2010

Ay de mí cuando pienso en vos



Basta de tratarme así.

Y si no te escribo es porque no quiero, ya no me preguntes. Yo quiero, pero no puedo. Sos lo más posponible de mi agenda, con toda la horribilidad sonora de esa palabra. Porque no estás, porque sos una sombra de lo que fuimos que se quedó en la distancia. No tiene sentido la inmediatez del correo cuando los kilómetros se miden en miles. Me gustás, me gustaste desde que te vi mirarme y me miré mirándote y me encontré escapándome, para después volver a buscarte y encontrarte, al fin, esperándome.

Fue fácil emborracharte (emborracharme) con te de bergamota para después no tener que hacernos cargo de nada. Porque vos no tenías por qué, ni querías... y yo tenía todas las ganas. Desde entonces me tratás así. Esos modos tan políticamente correctos que encubrieron tu agresiva invasión incisiva. Yo me dejé colonizar muy fácil, para qué negarlo. Me convenciste de que te necesitaba en cada línea de tus alabanzas. Y las lecciones de geografía, entre tu inglés asuecado que iba entendiéndose con mi francés españolizado... y las lecturas, los colores, la poesía de las imágenes oscuras que pegaste en tu habitación. Fue buena mi decisión, no quise dejar marcas en tus paredes.

La consecución del deseo siempre se posterga. Vos nunca me dijiste que no, y lo sabés. Tampoco me dijiste que sí. Vos me dejaste hacerme a un lado cuando me aburrí, y te fuiste. Y entonces, la historia y la histeria se acabaron, porque vos y yo no fuimos más que un cruce contingente de caminos que nunca necesitaron encontrarse, aunque pasó. Todo lo que vino después, en mi opinión, está demás. No hay melodrama que valga. Basta de reclamos.

Si no te escribo es porque ni puedo, ni quiero, ni lo necesito. Te doy por informada.
Que tengas buenos días.
 
 
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